¿Es la cultura de la prevención un sueño en la pobreza?
Cuando la prevención parece un privilegio

 

Luis Alberto sabe que su padre falleció de cáncer de colón y que el, teniendo 63 años, hace mucho tiempo ya debió haber pasado por un gastroenterólogo. Pero a su alrededor la gente le dice que si no tiene seguro ni siquiera invente, ya que entre analíticas y estudios va a tener que dejar el alma.

 

 El está en la misma lista que Doña Clara, que desde hace días se siente mareada y le zumban los oídos. Toda su familia es hipertensa y a su vecino le dio un derrame cerebral el año pasado. Está consciente de que con esas cosas no se juegan, pero si ella va al médico, ¿quién va a cuidar a sus nietos para que sus hijos trabajen? ¿Cómo va a empezar tratamientos si lo que consigue lo usa para recargar luz y comprar carne? Así hay una Laura que trabaja de pie todo el día y se le están hinchando las piernas, le han dicho que puede usar medias, pero que debería ir a un médico específico, pero esa especialidad es cara. 

 

Estas historias, con sintomatologías y edades diferentes, se repiten en millones de dominicanos, que lamentablemente no pueden sumarse a la política de “prevenir” o “chequeos habituales”. A veces la pobreza se disfraza de irresponsabilidad y descuido.

 

República Dominicana invierte alrededor del 4.5 % de su PIB en salud, una cifra que queda por debajo del 6 % que recomienda la Organización Mundial de la Salud. Un dominicano que necesita controlar la presión o la diabetes se gasta entre 2,500 y 5,000 pesos al mes, según la ONE. Ahora, si ganas el salario mínimo, eso representa entre el 20% y el 28% de los ingresos del hogar.  Y solo estamos hablando de pastillas, ya que las consultas y los análisis van aparte.

 

Al final, esto es una bola de nieve de futuros gastos: la presión no controlada se vuelve emergencia,  la diabetes mal manejada termina en amputación o diálisis y la caries no tratada se vuelve infección y requerirá antibióticos.

 

Lo que pudo ser una consulta de 500 pesos se convierte en una semana de hospitalización con deudas, días sin trabajar, niños que dejan de ir a la escuela para apoyar en casa y así perpetuar el círculo de la pobreza. Estar enfermo empobrece más, y la pobreza continúa enfermando.

 

Cuando nuestro Centro de Salud Mission Emanuel comenzó a crecer, priorizamos la calidad junto a la accesibilidad, sin descuidar la prevención, las charlas, las curas y visitas casa a casa. Nos hemos aferrado al fondo Juan 3:16 para apoyar tratamientos y medicamentos de alto costo, mientras dedicamos espacios en consulta para conocer realidades y formas de apoyar a nuestros pacientes de la comunidad.

 

Confiamos en que en algún momento, una madre no tendrá que pensar que le falta el pasaje para ir a una consulta. Creemos que la salud no debería depender de lo que le sobre a una familia después de pagar el alquiler. Pero mientras esa brecha exista, hay algo que sí podemos hacer: dejar de pensar que el que no previene es porque no quiere. 

 

Apoyemos programas que conocen y entienden a las familias e involucrémonos de manera activa, aunque sea compartiendo esto.



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